El 27 de abril de 1980 amaneció con una amenaza silenciosa que pocos quisieron creer. Lo que empezó como una crecida curiosa terminó en un éxodo doloroso, una ciudad incomunicada y una tragedia que marcó a fuego la memoria colectiva de los olavarrienses.

Abril de 1980 había comenzado con el espíritu de las Pascuas y un clima inusualmente cálido que invitaba al miniturismo. La ciudad bullía de actividad: el Club de Leones celebraba sus 15 años, la Facultad de Ingeniería consolidaba su Comisión de Apoyo y el Regimiento de Tanques recordaba a San Jorge. Pero el tema que dominaba las charlas era el deportivo: Estudiantes recibía a Olimpo de Bahía Blanca en el Parque Carlos Guerrero. El «Bataraz» solo necesitaba un empate para ser campeón provincial.
Nadie imaginaba que, en lugar de una vuelta olímpica, lo que vendría sería un naufragio urbano.

El rugido del Tapalqué
Mientras la ciudad dormía la noche del sábado 26, una lluvia torrencial caía sobre la región. En estación López habían caído 130 milímetros en apenas seis horas. Las sierras comenzaron a «escupir» el agua hacia el valle y el Arroyo Tapalqué, ese que los chicos usaban para jugar en las barrancas y los turistas cruzaban por los puentes colgantes, empezó a lamer los bordes de su cauce.
A la mañana del domingo 27, el espectáculo dejó de ser pintoresco. Los vecinos de la avenida Brown, Vergara, Riobamba y Cerrito fueron los primeros en advertir que el agua no se detendría. Los fieles que salían de la misa en Monte Viggiano fueron los últimos en transitar el Parque Mitre antes de que el cauce se borrara por completo.
«Nadie creía lo que estaba pasando»
La crónica de la época rescata un sentimiento común: la incredulidad. Aferrados a la frágil memoria de la inundación de 1955, muchos vecinos miraban cómo se evacuaba a los de la cuadra de enfrente con la esperanza de que el agua se detuviera mágicamente antes de cruzar su propio umbral.
«Como al conjuro de Jehová cuando el éxodo de los judíos de Egipto se apartaron las aguas del Mar Rojo; algo así iba a pasar metros antes de la casa de cada uno…» — relataba Olavarría Increíble.
Pero el milagro no ocurrió. El éxodo fue penoso: familias cargando lo mínimo, abandonando locales y recuerdos. Para la noche del domingo, gran parte de la planta urbana era un espejo de agua oscura.

La noche más trágica: el lunes 28
Aunque el lunes por la mañana el agua pareció dar un breve respiro, una nueva lluvia copiosa selló el destino de la ciudad. El martes 29 de abril, los niveles alcanzaron marcas increíbles. Olavarría quedó sola e incomunicada. Solo funcionaba el suministro de gas; el resto —la luz, los teléfonos, los caminos— se lo había llevado el agua.
El Intendente de aquel entonces, el Dr. Carlos Víctor Portarrieu, debía viajar a La Plata para discutir el «impuesto a la piedra», pero la urgencia cambió de rumbo. La ciudad se convirtió en un centro de operaciones de emergencia, con el Regimiento y la Cruz Roja trabajando a destajo para alimentar y refugiar a miles de evacuados.

El legado de 1980
A 46 años de aquel desastre, Olavarría ya no es la misma. De aquella tragedia nació la necesidad urgente de las obras de canalización y el ensanche del arroyo que hoy conocemos.
Recordar el 27 de abril es rendir homenaje a quienes lo perdieron todo y a quienes, en medio del barro y la oscuridad, tendieron una mano. Es la historia de una Olavarría que, a pesar de estar sumergida, supo mantenerse a flote gracias a la solidaridad de su gente.
Extractos de la Publicación «OLAVARRIA INCREIBLE», editada por Pedreira Publicidad con una tirada de 3000 ejemplares.


