Psicofármacos y analgésicos: crece el debate sobre la medicalización del malestar cotidiano

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Un informe de la UBA puso el foco en el consumo prolongado de determinados medicamentos y planteó la necesidad de revisar cómo se aborda el sufrimiento emocional y físico. Especialistas advierten sobre los riesgos de la polifarmacia y la dependencia.

El crecimiento del consumo de psicofármacos, ansiolíticos y analgésicos abrió en los últimos años un debate que excede el ámbito estrictamente médico: ¿hasta qué punto determinados malestares cotidianos están siendo tratados como problemas que deben eliminarse rápidamente, en lugar de ser abordados desde una perspectiva integral?

La discusión fue retomada en un informe difundido por la Universidad de Buenos Aires (UBA), que puso el foco especialmente en el uso prolongado de benzodiacepinas y en los riesgos asociados a la polifarmacia, particularmente entre las personas mayores.

El planteo no apunta a cuestionar la utilidad de los medicamentos. Los fármacos pueden ser necesarios y efectivos para numerosas enfermedades y situaciones clínicas. La preocupación aparece cuando su utilización se prolonga sin una evaluación periódica o cuando se convierten en la única respuesta frente a problemas que también requieren acompañamiento psicológico, social o cambios en los hábitos de vida.

Cuando el alivio inmediato se convierte en una respuesta habitual

El informe plantea una reflexión sobre una sociedad que muchas veces prioriza la productividad, la rapidez y la posibilidad de continuar con las actividades cotidianas aun cuando existe malestar.

Desde esa perspectiva, determinados síntomas pueden terminar siendo considerados únicamente como obstáculos que deben desaparecer cuanto antes.

El problema aparece cuando esa lógica lleva a sostener tratamientos farmacológicos durante períodos prolongados sin revisar sus beneficios, riesgos y alternativas.

En el caso de las benzodiacepinas, por ejemplo, el uso prolongado puede generar tolerancia y dependencia, además de otros efectos adversos. Por eso, cualquier modificación o suspensión de este tipo de medicación debe realizarse con supervisión profesional.

La preocupación por la polifarmacia

Otro de los puntos centrales es la polifarmacia, una situación frecuente entre adultos mayores que reciben distintos medicamentos para tratar enfermedades crónicas.

Cuantos más fármacos utiliza una persona, mayor puede ser la posibilidad de que se produzcan interacciones entre medicamentos, efectos adversos o dificultades para cumplir correctamente los tratamientos.

Por este motivo, la revisión periódica de la medicación constituye una herramienta importante para evaluar si cada medicamento continúa siendo necesario, si la dosis es adecuada y si existen alternativas más seguras.

La llamada desprescripción no significa abandonar tratamientos de manera arbitraria. Se trata de un proceso clínico supervisado que permite retirar o reducir medicamentos cuando los riesgos comienzan a superar sus beneficios.

Una mirada que busca ampliar el abordaje

El planteo de la UBA también propone mirar el malestar más allá del síntoma aislado.

El estrés sostenido, los problemas de sueño, el aislamiento social, las dificultades económicas, los conflictos familiares y otros factores pueden influir sobre el bienestar físico y emocional. Por eso, una evaluación integral puede requerir mucho más que la indicación de un medicamento.

En este punto adquieren relevancia herramientas como la actividad física, el descanso adecuado, la alimentación saludable, los vínculos sociales y el acompañamiento psicológico, siempre de acuerdo con las necesidades y condiciones de cada persona.

Estas estrategias no reemplazan automáticamente a los tratamientos médicos. En determinadas enfermedades, la medicación es indispensable. El desafío consiste en evitar que una única herramienta termine ocupando el lugar de todas las demás.

El síntoma también puede ser una señal

Una de las ideas centrales del debate es cambiar la forma de interpretar el síntoma.

El dolor, la ansiedad, el insomnio o el agotamiento pueden requerir tratamiento médico, pero también pueden ser una señal que lleve a investigar qué está ocurriendo en la vida de una persona.

Esto implica considerar no solamente el diagnóstico, sino también los hábitos, el descanso, la salud mental, las relaciones personales y las condiciones sociales que atraviesan al paciente.

Desde esta perspectiva, escuchar el síntoma no significa rechazar la medicina ni renunciar a los medicamentos. Significa incorporar más elementos a la evaluación antes de definir cuál es la mejor estrategia terapéutica.

El desafío de una medicina más integral

El debate sobre la medicalización del malestar plantea una cuestión de fondo para los sistemas de salud: cómo garantizar que el acceso a los medicamentos vaya acompañado de seguimiento, información y una evaluación individualizada.

Los fármacos pueden mejorar la calidad de vida y resultar fundamentales para tratar numerosas patologías. Pero su utilización también requiere controles, especialmente cuando se trata de medicamentos que pueden generar dependencia o cuando se combinan varios tratamientos.

En ese contexto, la discusión apunta a recuperar el valor de la consulta médica como un espacio de escucha y seguimiento, donde el medicamento sea una herramienta dentro de un tratamiento y no necesariamente la única respuesta.

Para quienes toman psicofármacos, analgésicos u otros medicamentos de manera habitual, no se recomienda suspenderlos ni modificar las dosis por cuenta propia. Cualquier cambio debe ser evaluado por el profesional que lleva adelante el tratamiento.

El desafío, en definitiva, no consiste en elegir entre medicamentos o terapias no farmacológicas, sino en encontrar para cada paciente la combinación de herramientas que resulte segura, efectiva y adecuada a su situación particular.

Fuente: Universidad de Buenos Aires y TN.

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