La baja sistemática en las ventas, la desleal competencia de mayoristas que actúan como minoristas y el aumento descontrolado de los gastos fijos configuran un escenario desalentador para los comerciantes tradicionales.

Una caída sostenida y generalizada
La situación actual del comercio minorista en Olavarría atraviesa uno de sus momentos más críticos en décadas. Mario Lurbet, dueño del almacén «El Imparcial», un establecimiento con sesenta y cinco años de actividad ininterrumpida en la ciudad, expone la dura realidad que enfrentan los negocios de barrio. «He observado un detrimento sistemático en las ventas durante los últimos cuatro o cinco meses, pero hace dos meses la baja se volvió muy notoria», relata Lurbet. Esta merma no es un fenómeno aislado, sino una tendencia constante que golpea a un negocio con una cartera de clientes históricamente sólida.
La rotación de clientes presenta una caída en todos los niveles socioeconómicos. «Ha disminuido tanto para el que tiene menos recursos como para el que está en una mejor posición», señala el comerciante.
El peso aplastante de los costos fijos
Este panorama se agrava por la pesada carga de los costos operativos. Los gastos fijos generales experimentaron un incremento sustancial en todos los frentes. «Todo tipo de erogación subió mucho: combustible, seguros para el local y el vehículo de reparto, servicios públicos como luz, gas e internet, y toda la parafernalia que conlleva mantener un comercio», explica Lurbet. Esta presión financiera constante genera que los ingresos ya no alcancen para sostener el negocio de manera saludable.
La distorsión de un mercado sin reglas claras
El mercado sufre una distorsión profunda que alteró las reglas de juego tradicionales. «Hoy todo está desvirtuado. El cliente recibe una amplia oferta a través de redes sociales, WhatsApp y cualquier medio que uno imagine», comenta el dueño de El Imparcial.
Las personas se muestran más informadas sobre precios y productos. Paralelamente, los canales de distribución tradicionales se modificaron. «Los mayoristas ya no venden sólo al comercio; se transformaron en minoristas. Venden a cualquier persona, por unidad, al menudeo», afirma. Esta práctica afecta directamente al almacén de barrio, que pierde su ventaja competitiva. «Antes, el minorista no accedía a los precios del mayorista. Hoy, ese canal exclusivo desapareció», agrega.
La desesperación por vender y la guerra de precios
Esta situación genera una necesidad de venta desesperada en toda la cadena. «La comercialización actual evidencia una urgencia por vender que comparten mayoristas, distribuidores, hipermercados y hasta los propios fabricantes», observa Lurbet. El exceso de oferta y la competencia feroz derivan en una amplia disparidad de precios para un mismo producto. «Si uno consulta por un artículo idéntico en marca, modelo y tamaño a diez distribuidores, encuentra diez precios distintos. Puede existir una diferencia del 20, 25 o hasta el 30 por ciento», detalla. Esta volatilidad obliga al comerciante a comprar con extrema cautela. «No podés comprometerte con un solo proveedor. Hay que negociar al milímetro, buscar márgenes en algunos artículos que lo permitan, como los de limpieza», reflexiona.

El cuello de botella: la falta de rotación
El problema central, según Lurbet, es la falta de circulación de la mercadería. «Lo que está ausente es la rotación. Si existiera un movimiento mejor, como el que teníamos hasta hace un año, la cosa estaría un poco mejor para el comerciante», sostiene.
Este cambio obligó a una modificación radical en los hábitos de compra del almacén. «Yo casi nunca adquiría productos fraccionados. Siempre era bulto cerrado. El distribuidor ofrecía un descuento por volumen y uno vendía todo antes de la fecha de vencimiento», recuerda.
Hoy, esa lógica es inviable. «Ahora podés comprar una caja con veinte paquetes de galletas y, al llegar la fecha de caducidad en cuatro meses, todavía tenés diez por vender», ejemplifica. Por eso, las promociones por cantidad perdieron atractivo. «Ya no me interesan las ofertas del tipo ‘por diez bultos, te regalo dos’. Sólo me involucro con productos que sé que puedo destinar sin apuro, como papel higiénico, detergente o aceite», aclara.
Una crisis transversal que frena al consumidor
La crisis trasciende el rubro específico y se manifiesta como un fenómeno general. «He conversado con muchas personas de otros sectores y noto que les ocurre lo mismo: mucha necesidad de vender, caída en las ventas o directamente no venden nada», expresa el comerciante.
El efecto final recae sobre el consumidor asalariado, cuya capacidad de gasto se contrae. «El trabajador debe contener sus gastos. No puede generar más erogaciones de las que su salario le permite, así que se restringe mucho», analiza Lurbet. Un síntoma de esta presión económica es la adopción de nuevos métodos de pago en su negocio. «Observé la aparición de la tarjeta de crédito aquí, algo que no veía hasta hace dos o tres meses», concluye, y evidencia cómo la necesidad llega a modificar hasta las costumbres financieras más arraigadas en el comercio de proximidad.
En definitiva, la voz de Mario Lurbet no es un lamento aislado, sino el testimonio de una transformación estructural que pone en jaque la subsistencia de un modelo comercial centenario, una pulseada que los comercios locales libran día a día contra una corriente de factores económicos y cambios de hábitos que parecen ir en su contra. (InfoNoticias)


