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jueves 26 febrero 2026

Rubén Pinochi, un testigo privilegiado de la vida política olavarriense

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Políticos con más o menos luces, proyectos que marcaron el rumbo de la ciudad, otros que cayeron rápidamente en el olvido, ordenanzas, discusiones, debates ideológicos, noches y madrugadas de sesiones históricas, Golpes de Estado, regresos democráticos. Como taquígrafo del Honorable Concejo Deliberante, Rubén Oscar Pinochi ha visto y oído prácticamente todo.


Cuando cuenta su vida a Info Noticias Olavarría habla, gesticula, mueve los brazos, se apasiona. Así vivió, así vive. A los 83 años se mantiene en el ruedo. Siente, definitivamente, que jamás dejará su pasión por una profesión que durante más de 60 años lo ha transformado en silencioso testigo de la vida política de Olavarría.


De manera incansable, como cuando su etapa laboral se dividía entre las funciones como taquígrafo oficial del Concejo Deliberante y su rol docente de Estenografía en la Escuela Nacional de Comercio, Estrada, el Centro de Formación Profesional 401, la Escuela del Penal de Sierra Chica. Tantos años, tantos concejales, tantos alumnos que ha visto pasar y lo alegran con algún comentario cariñoso, un recuerdo, una anécdota cada vez que los cruza en la calle.


Rubén era todavía Rubencito cuando el 1 de mayo de 1961, con tan solo 18 años, debutó como taquígrafo del HCD. El Día del Trabajador era históricamente la fecha elegida para poner en marcha las sesiones ordinarias del Concejo y ese día le tocó arrancar, ladeado por otra figura histórica, don Clemente José Orsatti, taquígrafo de excelencia que también fue muy reconocido en Olavarría por su tradicional agencia de lotería y quiniela de la calle Vicente López.


Terminó la Secundaria y empezó a trabajar y a abrazar la profesión de taquígrafo “gracias a mi hermana Norma, que también era docente de Estenografía y se transformó en mi primera gran referente, la que me transmitió esa pasión y este amor por todo este mundo, que todavía me acompaña, hoy que ya pasé los 80 años y si volviera a nacer volvería a elegir esto mismo”.


Los recuerdos se le ponen en marcha. Cuando empezó, el intendente era Carlos Víctor Portarrieu (“fue único, creo que el mejor de todos los que he visto”) y el presidente era Arturo Frondizi. El HCD ocupaba entonces el amplísimo primer piso del Palacio San Martín y funcionaba en un salón hermosísimo, con galería y balcones.


Era otra época, otras figuras políticas, otros debates, hasta otra vestimenta. Pinochi no cae en el clásico “todo tiempo pasado por pasado fue mejor”. Siempre mira hacia adelante, ama a la juventud, los cambios, a la sociedad de hoy. Pero al mismo tiempo muestra cierta nostalgia por aquellos hermosos e intensos años.


Y claro que no todos los recuerdos fueron felices.
Porque aquellas grandes figuras que lo marcaron en sus primeros años en el HCD y los debates profundos e intensos se vieron interrumpidos demasiado seguido. Los golpes militares, las dictaduras, las sombras, el Concejo cerrado y la necesidad de reconvertirse hasta que la democracia volviera a asomar. “En la Municipalidad, como era perito mercantil me ponían en Contaduría”, recuerda.
“Sin dudas, el último golpe, el del ’76, fue el más terrible, el que más daño generó, el momento más difícil de todos seguramente”, dimensiona hoy, a la distancia.


En 1983, con la primavera alfonsinista, el recién electo Helios Eseverri lo convocó para su esperado regreso al HCD. “Yo me había ido como taquígrafo a Cementos Avellaneda mientras duró el Proceso. Y fue un verdadero orgullo que Eseverri me fuera a buscar, que me pidiera que vuelva. Tuve el privilegio, junto a tantos taquígrafos de todo el país, de volver a poner en marcha los congresos parlamentarios de toda la Argentina. Digamos que no solo éramos taquígrafos sino figuras muy consultadas porque nadie tenía demasiada idea de cómo debían funcionar las cosas. Entonces nosotros, desde nuestra experiencia, podíamos asesorar y marcar un poco el camino”, cuenta Rubén.


De aquellos tiempos añora “ese clima que se respiraba por todos lados, como el de una fiesta enorme, vivir en democracia después de tantos años, de tantas sombras, parecía todo nuevo, todo por descubrirse, fue una etapa única esa del ‘83”.


Tal vez la figura que más admiró fue la de Julio Alem padre, primero como concejal y luego como presidente, al igual que su hijo Chango fue una espada política de esas inigualables. “Un orgullo haber compartido con esas dos generaciones de padres e hijos”.


Entre los referentes del peronismo, las figuras de la primera etapa que se le vienen a la mente son Visotto, Castaño, Dina Pontoni, y resalta también a quienes accedieron a una banca con el regreso democrático, entre los que aparecieron el ex intendente Juan Manuel García Blanco y José María González Hueso.


De esa etapa también recuerda muy especialmente a Eduardo Malamud, “por lo que sabía, por su manera de exponer, de decir, era una ametralladora hablando, a veces yo intentaba hacerle señas para que fuera un poco más despacio porque era dificilísimo seguir el ritmo como taquígrafo”, se ríe.


Eran debates apasionantes, “las sesiones arrancaban a las 8 de la noche y a veces terminaban a las 5 de la mañana. Eran de un nivel impresionante, unos oradores tremendos, nadie leía nada. Llegaban al recinto después de haber estudiado muchísimo y eso se notaba totalmente”.
Hoy, en cambio, el nivel es distinto. “Lo que noto es que no existe la pasión de aquel tiempo y que está todo mucho más estructurado, además de que la enorme mayoría de los concejales leen en las sesiones. Me parece que tendrían que estudiar más y hablar con mayor seguridad en el HCD, a lo sumo apoyándose en un ayuda memoria para no olvidar ningún punto, pero no limitándose a leer todo el tiempo”.


Siente que el HCD cambió a la par de la ciudad. “Olavarría ha crecido enormemente: siempre fue una ciudad muy pujante, llena de comercios y de jóvenes en esas tres fábricas que eran el gran motor de Olavarría, que por algo se ganó el apodo de la Ciudad del Trabajo. El centro estaba lleno de restaurantes, de confiterías, de lugares de esparcimiento. Teníamos un Balneario Municipal a pleno, una época hermosa. Hoy, en cambio, a la ciudad la veo triste, caída, afectada por la crisis económica. La gente se queja mucho en la calle, no tiene plata, no le alcanza, eso trae mucho desánimo. Uno lo nota porque habla constantemente con uno y con otro”.


Y los cambios en su profesión fueron tantos que le cuesta recordar el paso a paso.


“¿Podés creer que hoy en los congresos de los que todavía participo estamos analizando cómo va a influir la Inteligencia Artificial? Hablan los especialistas de todo el mundo, especialmente del área de legales. Queremos saber cómo se puede implementar la IA pero sin perder el espíritu de la taquigrafía. Pueden cambiar todo lo que quieran pero el taquígrafo nunca dejará de estar presente por su testificación personal. Somos dadores de fe de la palabra escrita. Eso nunca cambiará.


Y algo que tampoco cambiará es la preparación del taquígrafo: desde la técnica hasta sus valores. “Porque es una profesión en la que siempre vas a estar sometido a presiones. Yo mismo las he recibido montones de veces. Insinuaciones para cambiar algo, modificar alguna palabra, algún párrafo, ha pasado aquí y ha pasado en todos lados. Pero uno tiene que estar bien plantado y jamás correrse de lo que pasó en la realidad. Somos dadores de fe”.

Tecnología sin freno

La IA le parece mentira a él, que arrancó a mano, con la famosa Remington y seis carbónicos, que era el máximo que nos permitían. Una copia para cada bloque y la última que siempre quedaba para los periodistas de la época.


Después vino el stencil, “que en ese momento fue un adelanto enorme porque llegó el mimeógrafo, que permitió hacer muchísimas más copias. Además, la corrección empezó a ser más sencilla, porque antes era tremendo cada vez que tenías que corregir una letra”.


Los grabadores eran muy rudimentarios y no tenían buena acústica. “No podías fallar anotando: ahí se jugaba todo porque no podías confiar en la grabación. Me ha pasado varias veces que se cortaba la luz y teníamos que seguir trabajando a la luz de las velas”.
Más adelante, “apareció la IBM, que fue otro gran paso, ya se podía pasar a la oficina central de la Municipalidad y ahí me imprimían. Computadoras con pantallas verdes en las que se grababa a cada rato para no perder toda el material. Bueno, y ahora qué te voy a contar, ahora cada uno recibe en sus dispositivos o computadores su versión taquigráfica”.

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