La llamada culebrilla puede elevar el riesgo cardiovascular durante las semanas y meses posteriores a la infección. Estudios citados por especialistas detectaron un 35% más de riesgo de infarto durante los primeros 30 días y un 34% más de ACV en los tres meses posteriores.
El herpes zóster, conocido popularmente como culebrilla, puede tener consecuencias que van más allá de las lesiones en la piel. En el marco del Día Mundial del Corazón, especialistas advirtieron sobre su posible relación con un aumento transitorio del riesgo de eventos cardiovasculares después de la infección.
De acuerdo con estudios citados por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH), las personas que atraviesan un episodio de herpes zóster presentan un 35% más de riesgo de sufrir un infarto agudo de miocardio durante los 30 días posteriores. A su vez, el riesgo de padecer un accidente cerebrovascular (ACV) aumenta un 34% durante los tres meses siguientes.
Estos porcentajes representan un aumento relativo del riesgo observado en estudios epidemiológicos y no significan que una persona que tuvo herpes zóster necesariamente vaya a sufrir un infarto o un ACV.
El papel de la inflamación
El vínculo entre la infección y la salud cardiovascular podría estar relacionado con la respuesta inflamatoria que genera el organismo para combatir el virus.
“Cuando tenemos una infección, el organismo activa una respuesta inflamatoria para defenderse. En ese proceso se generan sustancias que pueden favorecer la formación de coágulos y, en personas con riesgo cardiovascular, aumentar la posibilidad de sufrir un infarto o un ACV”, explicó el médico clínico Lucio Criado.
El herpes zóster aparece cuando se reactiva el virus varicela-zóster, el mismo que provoca la varicela. Después de la primera infección, el virus permanece latente en el sistema nervioso y puede reactivarse años más tarde.
Cuáles son sus síntomas
La enfermedad suele producir una erupción de ampollas dolorosas, generalmente localizada en un sector del tórax, el abdomen o el rostro. Antes de que aparezca el sarpullido pueden presentarse dolor, ardor u hormigueo, además de sensibilidad al tacto y picazón.
También pueden aparecer fiebre, dolor de cabeza, fatiga y sensibilidad a la luz. Las complicaciones son más frecuentes en personas mayores y en quienes tienen el sistema inmunitario debilitado.
Los cuadros que afectan la zona cercana a un ojo requieren especial atención médica, debido al riesgo de complicaciones visuales. Entre las consecuencias más habituales del herpes zóster también se encuentra la neuralgia posherpética, un dolor nervioso que puede persistir durante meses o incluso años después de que desaparecen las lesiones.
La vacunación como herramienta de prevención
La prevención también tiene un componente cardiovascular indirecto: evitar la infección permite reducir las complicaciones asociadas al herpes zóster.
Los CDC recomiendan dos dosis de la vacuna recombinante contra el herpes zóster (Shingrix) para los adultos de 50 años o más, y también para personas de 19 años o más con el sistema inmunitario debilitado por determinadas enfermedades o tratamientos.
La vacuna tiene una eficacia superior al 90% para prevenir el herpes zóster y la neuralgia posherpética en adultos de 50 años o más con sistemas inmunitarios sanos, según los CDC.
Además del control de factores cardiovasculares tradicionales —como la presión arterial, el colesterol, la alimentación, la actividad física y el tabaquismo—, los especialistas consideran importante prestar atención a las infecciones que pueden generar respuestas inflamatorias relevantes en el organismo.
Fuente: Infobae


