Quién es Alice Weidel, la líder de la ultraderecha alemana que desafía las fronteras de su propio partido

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La dirigente de Alternativa para Alemania (AfD) se convirtió en una de las principales figuras de la extrema derecha europea. Es lesbiana, está casada con una mujer de origen esrilanqués y tiene dos hijos adoptivos, mientras encabeza una fuerza que reivindica la familia tradicional y sostiene posiciones restrictivas frente a la inmigración y las diversidades sexuales.

Alice Weidel dejó de ser una figura marginal de la política alemana. La dirigente de Alternativa para Alemania (AfD) se consolidó como una de las principales referentes de la ultraderecha europea y, al mismo tiempo, como una figura atravesada por una fuerte contradicción entre su vida personal y buena parte de las posiciones que sostiene el espacio político que conduce.

En las elecciones regionales del 6 de septiembre de 2026, la AfD obtuvo el 43,8% de los votos en Sajonia-Anhalt y consiguió 39 de las 83 bancas del Parlamento regional. El resultado volvió a poner en el centro de la escena a Weidel y al partido que representa.

Sin embargo, el crecimiento electoral no significa que la dirigente tenga asegurado el acceso a la Cancillería alemana. El sistema parlamentario requiere construir mayorías y los principales partidos mantienen hasta ahora la denominada “Brandmauer”, el cordón sanitario que impide acuerdos de gobierno con la AfD.

De fuerza euroescéptica a partido de extrema derecha

La AfD fue fundada en 2013, durante los años de gobierno de Angela Merkel. En sus comienzos surgió como una fuerza conservadora y euroescéptica, vinculada principalmente al rechazo a determinadas políticas económicas y a la conducción de la Unión Europea.

Con el paso de los años, el partido modificó sustancialmente su perfil y avanzó hacia posiciones cada vez más nacionalistas, antiinmigratorias y nativistas.

La fuerza ingresó al Bundestag en 2017 y en 2025 se convirtió en la segunda fuerza política del país. Ese crecimiento transformó a la AfD en el principal exponente de la extrema derecha alemana desde la Segunda Guerra Mundial.

En mayo de 2025, además, la Oficina Federal para la Protección de la Constitución de Alemania había clasificado al partido como una organización de extrema derecha, señalando entre otros aspectos su concepción étnica de la pertenencia al pueblo alemán y sus posiciones frente a inmigrantes y minorías. Esa clasificación quedó posteriormente suspendida mientras continúa la disputa judicial.

Una vida personal que no encaja con el modelo familiar de la AfD

Uno de los aspectos que más atención genera alrededor de Weidel es su propia historia familiar.

La dirigente está casada con Sarah Bossard, cineasta de origen esrilanqués, y ambas tienen dos hijos. Bossard fue quien gestó a los niños mediante fertilización con un donante de esperma y Weidel los adoptó posteriormente.

La situación contrasta con la definición de familia que la AfD incluyó en su programa electoral: “padre, madre e hijos”.

Weidel, además, se reconoce públicamente como lesbiana, aunque rechaza identificarse con el movimiento queer o con determinadas expresiones de la militancia por los derechos de las diversidades sexuales.

En una entrevista televisiva realizada en 2023 sostuvo que no se consideraba queer y remarcó que estaba casada con una mujer a la que conocía desde hacía dos décadas.

La diferencia resulta especialmente significativa porque la AfD ha cuestionado políticas vinculadas con la diversidad sexual y de género, se ha opuesto a determinadas medidas de reconocimiento de identidades trans y ha sostenido una concepción tradicional de la familia.

Weidel, lejos de plantear una ruptura con esas posiciones, forma parte del liderazgo que las sostiene.

Cuando la representación no implica transformación

El caso de Weidel vuelve a poner sobre la mesa una discusión que excede a la política alemana: la presencia de mujeres o integrantes de minorías en espacios de poder no garantiza por sí misma políticas de ampliación de derechos.

La historia política ofrece distintos ejemplos de mujeres que alcanzaron posiciones de máxima autoridad sin desarrollar programas asociados al feminismo o a la transformación de las relaciones de género.

En el caso de la dirigente alemana, su identidad personal no se traduce necesariamente en una política de representación colectiva de las personas LGBT+.

Por el contrario, su discurso político distingue entre su experiencia individual y las demandas de los movimientos que históricamente lucharon por ampliar esos derechos.

La contradicción, entonces, no necesariamente funciona como un obstáculo para su proyecto político. Puede formar parte de él.

La nueva estrategia de la extrema derecha europea

El fenómeno tampoco es exclusivamente alemán.

En distintos países europeos, los partidos de extrema derecha comenzaron a modificar sus discursos para ampliar su base electoral. En lugar de concentrarse únicamente en inmigración, seguridad o identidad nacional, incorporaron debates económicos, sociales y culturales tradicionalmente asociados a otras corrientes políticas.

En Francia, por ejemplo, Marine Le Pen impulsó una estrategia destinada a alejar a su partido de la imagen más radical vinculada al antiguo Frente Nacional y a su fundador, Jean-Marie Le Pen.

En ese proceso, determinados conceptos vinculados históricamente con el liberalismo y el progresismo fueron reinterpretados desde una perspectiva nacionalista.

La defensa de la laicidad, por ejemplo, puede transformarse en un argumento para cuestionar determinadas expresiones religiosas asociadas a comunidades inmigrantes. Del mismo modo, la defensa de las prestaciones sociales puede quedar condicionada a la pertenencia nacional.

Es lo que algunos especialistas denominan “chauvinismo del bienestar”: la defensa del Estado social, pero limitada a quienes son considerados parte legítima de la comunidad nacional.

Un “nosotros” que define quién queda afuera

En este nuevo escenario, la extrema derecha ya no necesita presentarse exclusivamente contra determinados derechos. Puede incorporar algunas reivindicaciones y, al mismo tiempo, utilizarlas para construir una frontera entre quienes pertenecen al “nosotros” y quienes quedan afuera.

La filósofa y académica Jasbir Puar desarrolló el concepto de “homonacionalismo” para analizar cómo determinados derechos de las personas homosexuales pueden ser incorporados a discursos nacionalistas.

Bajo esa lógica, una sociedad puede presentarse como moderna, tolerante y respetuosa de las libertades sexuales frente a un “otro” construido como atrasado o intolerante. Ese otro puede ser asociado con inmigrantes, personas musulmanas o comunidades racializadas.

La operación política consiste en apropiarse de determinados valores sin cuestionar las estructuras de exclusión.

En el caso de Weidel, su condición de mujer lesbiana no constituye necesariamente una ruptura con la extrema derecha. Por el contrario, puede contribuir a mostrar que esa corriente política es capaz de incorporar identidades diversas siempre que esas identidades no cuestionen su concepción de nación, seguridad, inmigración o pertenencia.

Una figura central para entender el nuevo escenario

Alice Weidel reúne características que, décadas atrás, hubieran resultado difíciles de asociar con la conducción de una fuerza ultraderechista alemana: es mujer, lesbiana, economista, tiene una familia multicultural, vivió en China y desarrolló parte de su carrera profesional en el ámbito financiero internacional.

Pero esa biografía no impide que encabece un proyecto político profundamente restrictivo en materia migratoria y cultural.

Por eso, más que una excepción pintoresca dentro de la extrema derecha, Weidel puede ser leída como parte de una transformación más amplia.

La nueva ultraderecha europea busca ampliar sus fronteras electorales. Ya no necesariamente necesita que todos sus dirigentes encarnen el modelo social que reivindican. Puede aceptar determinadas diferencias individuales mientras mantiene intacta una pregunta central: quiénes forman parte de la comunidad política y quiénes quedan excluidos de ella.

El crecimiento de la AfD en las urnas demuestra que esa estrategia encontró un terreno fértil en parte de la sociedad alemana. El desafío para el resto del sistema político será determinar cuánto tiempo podrá sostenerse el cordón sanitario frente a una fuerza que continúa ampliando su representación.

Fuente: Página/12.

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