Los ataques del 11 de septiembre de 2001 marcaron un punto de quiebre para Estados Unidos y el escenario internacional. La llamada “guerra contra el terrorismo” se extendió durante más de dos décadas, modificó las prioridades de Washington y coincidió con el ascenso de nuevas potencias, especialmente China.
El 11 de septiembre de 2001 modificó profundamente el escenario internacional. Los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono provocaron la muerte de casi 3.000 personas y pusieron en evidencia que la principal potencia militar y económica del planeta también podía ser vulnerable dentro de su propio territorio.
El ataque ocurrió en un momento particular. Estados Unidos atravesaba una etapa de supremacía internacional luego del final de la Guerra Fría y la desaparición de la Unión Soviética. Washington tenía una capacidad de influencia global difícil de igualar y el principal interrogante parecía ser cómo utilizaría ese poder en el nuevo orden mundial.
Veinticinco años después, el mundo es diferente. La amenaza terrorista dejó de ocupar el mismo lugar que tuvo durante las primeras décadas del siglo XXI, mientras la competencia entre grandes potencias volvió a instalarse en el centro de la política internacional.
De Al Qaeda a la “guerra contra el terrorismo”
Los atentados fueron atribuidos a Al Qaeda, la organización yihadista liderada por Osama bin Laden, que tenía en Afganistán una de sus principales bases operativas y contaba con la protección del régimen talibán.
La respuesta de Estados Unidos fue inmediata. En octubre de 2001 comenzó la intervención militar en Afganistán, que permitió desplazar a los talibanes del poder y desarticular parte de la estructura de Al Qaeda.
Sin embargo, la operación inicial rápidamente se transformó en una estrategia mucho más amplia. La lucha contra el terrorismo pasó a ocupar un lugar central en la política exterior estadounidense e incluyó intervenciones militares, cooperación de inteligencia, vigilancia, operaciones especiales y una profunda reorganización de sus estructuras de seguridad.
Uno de los principales objetivos fue impedir que Afganistán volviera a convertirse en un refugio para organizaciones terroristas. Pero la guerra se prolongó durante casi veinte años y los talibanes lograron reconstruir su capacidad insurgente.
En 2021, después de la retirada de las tropas estadounidenses, el movimiento recuperó rápidamente el control del país y volvió a entrar en Kabul. El desenlace dejó expuestas las dificultades de transformar una victoria militar inicial en una estructura política estable y duradera.
Irak, el otro gran punto de inflexión
Si Afganistán representó la respuesta directa al 11-S, Irak fue el momento en que la estrategia estadounidense adquirió una dimensión mucho mayor.
En 2003, Estados Unidos encabezó la invasión que terminó con el régimen de Saddam Hussein. La administración de George W. Bush había justificado la intervención, entre otros argumentos, por la supuesta existencia de armas de destrucción masiva.
Esas armas nunca fueron encontradas.
La caída del régimen iraquí no produjo la estabilidad esperada. El país atravesó años de violencia, enfrentamientos sectarios y fragmentación política. Además, la desaparición de uno de los principales contrapesos regionales a Irán permitió que Teherán ampliara su influencia sobre Irak.
La guerra también generó un elevado costo político para Washington y cuestionamientos internacionales sobre las razones y consecuencias de la intervención.
La seguridad también cambió dentro de Estados Unidos
Las consecuencias del 11-S no se limitaron a la política exterior.
Semanas después de los atentados, Estados Unidos aprobó el Patriot Act, que amplió las facultades estatales para investigar, obtener información y realizar tareas de vigilancia vinculadas con la prevención del terrorismo.
También se creó el Departamento de Seguridad Nacional, mientras las agencias de inteligencia y seguridad ampliaban sus capacidades.
El nuevo esquema generó un debate que continúa hasta la actualidad: hasta dónde puede avanzar un Estado en nombre de la seguridad sin afectar derechos y libertades civiles.
El centro de detención de Guantánamo, abierto para personas acusadas de terrorismo, y las denuncias de abusos en la prisión de Abu Ghraib, en Irak, se convirtieron en símbolos de esa tensión.
Estados Unidos conservó durante esos años una enorme capacidad militar, pero algunas de sus decisiones comenzaron a afectar su legitimidad internacional y su imagen como principal defensor del Estado de derecho.
Una superpotencia que podía ganar guerras, pero no siempre consolidar la paz
La lucha contra el terrorismo produjo resultados concretos. Al Qaeda quedó seriamente debilitada y Osama bin Laden murió en 2011, durante una operación estadounidense en Pakistán.
Sin embargo, el terrorismo no desapareció. Las organizaciones comenzaron a adoptar estructuras más descentralizadas y a aprovechar internet y las nuevas tecnologías para comunicarse, reclutar integrantes y difundir propaganda.
La experiencia de Afganistán e Irak también mostró los límites del poder militar cuando el objetivo excede la derrota de un ejército y apunta a reconstruir instituciones políticas y sociedades enteras.
La frase que resume aquella experiencia podría ser: Estados Unidos podía imponerse militarmente, pero convertir esa victoria en una paz estable era mucho más complejo.
Mientras Washington miraba al terrorismo, el mundo comenzó a cambiar
Durante buena parte de las dos décadas posteriores al 11-S, Estados Unidos concentró recursos y atención en Medio Oriente y Asia Central.
Al mismo tiempo, otros actores ampliaron su margen de acción.
China aceleró su crecimiento económico y tecnológico, incrementó su comercio mundial y expandió sus inversiones. Rusia recuperó parte de sus capacidades militares y su voluntad de intervención geopolítica. Europa atravesó nuevas tensiones de seguridad que posteriormente desembocarían en la guerra de Ucrania.
El resultado fue un sistema internacional más fragmentado y con una competencia creciente entre potencias.
El 11-S no terminó con la hegemonía estadounidense, pero ocurrió en un período en el que el escenario mundial comenzaba a transformarse de manera acelerada.
América Latina también sintió el cambio de prioridades
Uno de los efectos menos visibles de la nueva estrategia estadounidense fue el lugar que América Latina pasó a ocupar en la agenda de Washington.
Un ejemplo fue México. Apenas seis días antes de los atentados, el presidente estadounidense George W. Bush había recibido a su par mexicano Vicente Fox en un encuentro en el que se analizaban temas como migración, comercio e integración regional.
Después del 11-S, la seguridad fronteriza y la lucha contra el terrorismo adquirieron una prioridad mucho mayor.
En Sudamérica, Colombia se convirtió en uno de los principales socios estadounidenses. La cooperación militar y de inteligencia se profundizó en el marco de la lucha contra las FARC, otras organizaciones armadas y el narcotráfico.
Pero la menor atención relativa de Washington también coincidió con un período de búsqueda de mayor autonomía por parte de varios gobiernos latinoamericanos.
El avance de la integración regional
Durante las primeras décadas del siglo XXI surgieron o se fortalecieron diferentes iniciativas destinadas a ampliar la cooperación entre los países latinoamericanos.
Entre ellas estuvieron la Unasur, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), el Banco del Sur y, posteriormente, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).
También avanzaron proyectos de integración vinculados con infraestructura, energía, comercio y transporte.
El objetivo de buena parte de esas iniciativas era incrementar la capacidad de decisión regional y reducir la dependencia de los tradicionales centros de poder.
China encontró una región cada vez más abierta a nuevos socios
En paralelo, China comenzó a aumentar de manera sostenida su presencia económica en América Latina.
El crecimiento estuvo impulsado por la demanda china de alimentos, energía, minerales y materias primas, además de inversiones en infraestructura y expansión comercial.
En apenas dos décadas, el gigante asiático pasó de tener una participación relativamente secundaria a convertirse en uno de los principales socios comerciales de numerosos países sudamericanos.
Ese proceso modificó el equilibrio regional y sumó un nuevo actor a una zona históricamente marcada por la fuerte influencia estadounidense.
Veinticinco años después, un mundo diferente
La segunda administración de Donald Trump volvió a colocar al hemisferio occidental entre las prioridades estratégicas de Washington y puso especial atención en la creciente presencia de China en América Latina y el Caribe.
El escenario que enfrenta Estados Unidos en 2026 es, sin embargo, muy diferente al de 2001.
La amenaza terrorista continúa existiendo, pero ya no concentra de la misma manera los recursos y la agenda internacional de Washington. En cambio, la competencia económica, tecnológica y militar entre grandes potencias volvió a ocupar un lugar central.
A 25 años del 11-S, los atentados siguen siendo recordados como una tragedia que dejó casi 3.000 víctimas. Pero también representan un punto de inflexión para comprender cómo Estados Unidos utilizó su poder durante las primeras décadas del siglo XXI y cómo, mientras intentaba responder a una amenaza terrorista, el mundo comenzó a avanzar hacia un escenario más multipolar.
Fuente: Ámbito.


