Un estudio realizado por la Universidad Austral y el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat porteño analizó el uso de celulares, tablets y televisión en hogares con niños de hasta 5 años. El informe advierte sobre posibles efectos en el sueño, el lenguaje y la atención, pero también pone el foco en la desigualdad, la sobrecarga de cuidados y la falta de redes de apoyo.
Las pantallas forman parte cada vez más temprano de la vida cotidiana de niños y niñas. Un celular durante una comida, dibujos animados mientras se realizan las tareas de la casa o una tablet para atravesar una espera son escenas que se volvieron habituales en muchos hogares.
Pero detrás de esas situaciones hay una pregunta que no puede reducirse únicamente a cuántas horas pasa un niño frente a una pantalla: ¿qué posibilidades reales tiene cada familia de establecer límites?
Un estudio elaborado por el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad de Buenos Aires junto con la Universidad Austral analizó las prácticas de crianza y cuidado de niños y niñas en la primera infancia. La investigación se realizó a partir de 10 grupos focales en los que participaron 78 personas, entre madres, padres, abuelas, niñeras y otras personas cuidadoras.
El relevamiento encontró una preocupación común en torno al uso de dispositivos, pero también mostró que las familias no parten todas del mismo lugar ni cuentan con los mismos recursos para afrontar el desafío.
La pantalla como recurso frente a una rutina agotadora
El informe describe que, en numerosos hogares, el celular o la televisión no aparecen simplemente como una elección vinculada al entretenimiento. Muchas veces funcionan como una herramienta para resolver situaciones concretas de la vida cotidiana.
Una persona adulta necesita cocinar, trabajar, ordenar la casa, acompañar a otro hijo o simplemente disponer de unos minutos de descanso. En ese contexto, una pantalla puede convertirse en una solución inmediata para mantener tranquilo a un niño.
Una de las madres participantes lo expresó de manera directa: “Debo confesar que yo de a ratitos pongo videos en el celular, es mi salvación”.
La frase permite mirar el fenómeno desde otra perspectiva. Más que señalar responsabilidades individuales, el debate también interpela a las condiciones en las que se desarrollan las tareas de cuidado.
No todas las familias pueden poner los mismos límites
Uno de los aspectos centrales del estudio es que las estrategias frente a las pantallas cambian según las condiciones sociales y económicas de cada hogar.
En los sectores medios y medios altos aparece con mayor frecuencia la distancia entre los ideales de crianza y lo que efectivamente sucede en la rutina. Existe preocupación por el tiempo de exposición y por encontrar formas consideradas más saludables de acompañar a los niños.
En hogares atravesados por mayores dificultades económicas, en cambio, el uso de dispositivos puede estar relacionado con la falta de redes de apoyo, la sobrecarga de una persona cuidadora y la necesidad de resolver simultáneamente distintas tareas básicas.
Por eso, hablar de límites sin mirar las condiciones en las que se ejerce el cuidado puede terminar colocando toda la responsabilidad sobre las familias.
La investigación plantea justamente que el cuidado en tiempos de pantallas está atravesado por contradicciones, preocupaciones y sentimientos de culpa en distintos sectores sociales.
Qué efectos preocupan
Uno de los principales motivos de preocupación está relacionado con la exposición temprana y prolongada a dispositivos electrónicos.
Entre los testimonios recogidos aparecen referencias a alteraciones del sueño, dificultades en el lenguaje, problemas de atención, ansiedad y menor tolerancia a la frustración.
El documento también recupera investigaciones que vinculan una exposición elevada durante los primeros años con dificultades en el desarrollo del lenguaje y las habilidades de comunicación, además de posibles efectos sobre la atención, las experiencias sociales, la resolución de problemas y la interacción con otras personas.
Otro aspecto señalado es el desplazamiento de actividades fundamentales para el desarrollo infantil, como el juego, la conversación y el contacto cara a cara.
Sin embargo, el propio estudio plantea que no alcanza con contabilizar minutos frente a una pantalla. También importa para qué se utiliza, en qué momento, qué contenido se consume y qué acompañamiento existe por parte de las personas adultas.
Celular, tablet y televisión no generan las mismas situaciones
Las familias participantes también diferenciaron los distintos dispositivos.
La televisión apareció más vinculada a consumos compartidos, como películas, música o programas que se miran en familia.
El celular y la tablet, en cambio, fueron asociados a consumos más individuales, videos breves y una mayor dificultad para supervisar qué contenidos aparecen frente a los niños.
En este punto, el informe incorpora otra preocupación: el funcionamiento de los algoritmos y la posibilidad de que los chicos accedan a contenidos que no fueron pensados para su edad.
El problema no es solamente tecnológico: también es social
La discusión sobre las pantallas suele quedar concentrada en la responsabilidad de madres, padres y cuidadores. Pero el estudio permite ampliar esa mirada.
Si una persona está sola frente a múltiples tareas de cuidado, si no cuenta con una red familiar cercana, si debe trabajar mientras cuida a sus hijos o si necesita resolver las tareas domésticas sin apoyo, establecer determinados límites puede resultar mucho más difícil.
Por eso, la discusión sobre el uso de pantallas en la primera infancia también es una discusión sobre corresponsabilidad, redes de cuidado y desigualdad social.
Desde la Universidad Austral, la decana del Instituto de Ciencias para la Familia, Dolores Dimier de Vicente, señaló que las familias manifestaron una fuerte demanda de herramientas concretas para regular el uso de dispositivos y recibir orientación sobre sus posibles efectos.
El ministro de Desarrollo Humano y Hábitat porteño, Gabriel Mraida, sostuvo durante la presentación del estudio que es necesario comprender qué sucede dentro de cada hogar y acompañar a las familias de acuerdo con sus necesidades específicas.
Acompañar en lugar de culpabilizar
El desafío, entonces, no consiste solamente en decirles a las familias cuánto tiempo deberían pasar sus hijos sin pantallas.
También implica preguntarse qué necesitan esas familias para poder sostener otras alternativas: espacios de juego, redes comunitarias, acompañamiento, acceso a actividades recreativas y educativas y políticas públicas que reconozcan que cuidar también requiere tiempo y recursos.
Las pantallas llegaron para quedarse y forman parte de la vida cotidiana. La discusión social no debería reducirse a demonizarlas ni a responsabilizar individualmente a quienes las utilizan.
La pregunta de fondo es otra: cómo construir condiciones para que cada niño y cada niña pueda crecer con tiempo para jugar, conversar, descansar, explorar y vincularse con otras personas, sin que la posibilidad de hacerlo dependa exclusivamente de cuánto tiempo, dinero o ayuda tenga disponible cada familia.
Fuente: Universidad Austral y Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad de Buenos Aires.


