Una reunión interminable, una fila que no avanza o un lugar donde nadie quiere estar: en todos esos escenarios, la sensación es la misma. El tiempo parece estirarse. Sin embargo, no se trata de una ilusión sin fundamento: la ciencia explica por qué ocurre este fenómeno.
Especialistas en neurociencia y psicología coinciden en que la percepción del tiempo no es objetiva, sino que está profundamente influida por nuestras emociones, la atención y el contexto.
El cerebro no mide el tiempo como un reloj
A diferencia de un cronómetro, el cerebro interpreta el paso del tiempo en función de la experiencia. Cuando una situación resulta poco estimulante o desagradable, la mente cambia su forma de procesar lo que ocurre.
El neurocientífico Michael Shadlen, de la Universidad de Columbia, sostiene que el cerebro funciona anticipando lo que viene. Si no hay nada interesante en el horizonte inmediato, esa anticipación se reduce y los momentos parecen alargarse.
Aburrimiento, atención y emociones
Cuando una persona está en un entorno que no le agrada, suelen activarse varios factores al mismo tiempo:
Se presta más atención al paso del tiempo
Disminuyen los estímulos atractivos
Aumenta la sensación de incomodidad o frustración
El psicólogo Ian Taylor, de la Universidad de Loughborough, explica que las emociones son determinantes: estados como el aburrimiento o el malestar hacen que el tiempo se perciba más lento, mientras que el disfrute genera el efecto contrario.
Una percepción que cambia según la experiencia
Distintos estudios también muestran que observar estímulos desagradables puede hacer que los segundos parezcan más largos que frente a situaciones agradables. En otras palabras, no es el reloj el que cambia, sino la forma en que el cerebro interpreta cada instante.
Así, una hora en un entorno incómodo puede sentirse eterna, mientras que ese mismo lapso compartido con amigos o en una actividad placentera puede pasar casi sin notarse.
Fuente TN


