El investigador del CONICET y también profesor de la UNICEN, lidera una iniciativa seleccionada por la Comisión de Investigaciones Científicas bonaerense. El plan busca optimizar la producción con bacterias benéficas y desarrollar formulaciones para tratamientos médicos.

La provincia ofrece un salvavidas en un mar de desfinanciación
La ciencia argentina atraviesa un momento crítico, pero en medio de ese escenario adverso emergen iniciativas que intentan contener el desplome. Gastón Barreto, doctor e investigador del CONICET con sede en la Universidad Nacional del Centro (UNICEN), relata la aprobación de un proyecto innovador por parte de la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) de la Provincia de Buenos Aires.
«Evaluamos muy bien esta oportunidad. La provincia nos viene conteniendo dentro de lo que su alcance le permite», afirma Barreto. Este apoyo contrasta con la drástica situación a nivel nacional. «Hubo una subejecución de propuestas preaprobadas. La agencia de promoción científica hoy básicamente no genera nada en términos de subsidios, siendo que era uno de los organismos que más aportaba. Prácticamente dejó de operar», explica con preocupación.
En este contexto, cualquier esfuerzo provincial adquiere un valor esencial. «Cualquier intención de la provincia de articular líneas de investigación y ofrecer algún aporte parece súper necesario e interesante. Nos da un poco de aire», señala el investigador. La provincia mantiene una política activa desde hace tres años con proyectos de redes y convocatorias como «Idea Proyecto», a la cual el propio Barreto dirige una iniciativa.
Esta nueva propuesta representa un paso más ambicioso. «Integra capacidades de muchas universidades. Complementariamente, el Ministerio de Producción evalúa otra propuesta con los fondos de innovación tecnológica, donde incide más dinero», detalla. Mientras, a nivel nacional sólo se observan gestos mínimos. «Recién Nación empezó a mover un poquito el amperímetro con una aprobación reciente de proyectos del CONICET, después de un par de años. Tiró una lucecita», comenta, aunque su equipo no resultó beneficiado en esa instancia.

Un encuentro presencial para definir el rumbo
El proyecto, titulado «Innovación biotecnológica en Cannabis sativa: micropropagación, control biológico y formulación de productos con fitocannabinoides», ya tiene la aprobación y los fondos asignados –tres millones de pesos–. El siguiente paso consiste en un encuentro formal de todos los involucrados. «La idea es que nos juntemos presencialmente. Esperamos la notificación formal de la CIC una vez que firmen el acta administrativa y liberen los fondos para decidir cuándo nos reunimos», indica Barreto.
La convocatoria reunirá a los referentes de las distintas universidades que funcionan como nodos. «Organizamos una jornada con la fuerte intención de hacer alguna actividad abierta a la comunidad», adelanta. No obstante, la frecuencia de los encuentros estará limitada por los plazos y el presupuesto. «Nos dan 90 días para armar la propuesta final. Calculo que, entre eso y el financiamiento, nos vamos a juntar una o dos veces como máximo, y somos varios equipos», anticipa.
El núcleo científico: bacterias lácticas como aliadas del cannabis
El corazón tecnológico de la propuesta radica en la aplicación de bacterias lácticas (BL) específicas en todas las etapas del cultivo de cannabis. «El contacto inicial para el desarrollo del uso de estas bacterias lácticas viene de un grupo de la Facultad de Veterinaria de nuestra universidad», revela Barreto. El objetivo principal consiste en emplear estas cepas bacterianas por sus propiedades antifúngicas y bioestimulantes, reemplazando agroquímicos para obtener una biomasa más segura y trazable, destinada a fines terapéuticos y alimentarios.
El plan de trabajo es metódico. «Tenemos que diagramar los ensayos, pero la intención es trabajar sobre variedades de cannabis que correspondan a distintos quimiotipos. Nosotros aquí tenemos los tres: altos en CBD, altos en THC y equilibrados», especifica el investigador. Las pruebas se diseñarán sobre seis genéticas distintas, dos por cada quimiotipo. Barreto aclara una cuestión terminológica fundamental: «Ya no hablamos de sativas o índicas. Digamos, ya no existen como tales; son todos híbridos. Existe una sola clasificación de especie botánica a nivel mundial acordada por el sistema científico, que es Cannabis sativa L. Esa es la denominación genérica de todas las plantas».

La sinergia como mayor logro
Para Barreto, uno de los aspectos más valiosos del proyecto trasciende lo técnico y se sitúa en lo colaborativo. La iniciativa obliga a una articulación poco habitual. «Estas propuestas nos pusieron en situación de formalizar, en algunos casos, conocernos con gente de manera virtual y a las apuradas. Pero genera la oportunidad de conectarnos», valora. El mundo de la investigación suele tender a la endogamia. «Nosotros cuando iniciamos proyectos en general somos bastante endogámicos. El vínculo con otras líneas es necesario para complementar, pero no es una tendencia natural. Esta propuesta medio que te viene a poner en clave de ‘salí a buscar gente, conectate'», reflexiona.
Este proceso ya depara descubrimientos. «No sabíamos que la Facultad de Veterinaria elaboraba ideas sobre el efecto antifúngico de bacterias lácticas en cannabis. Nos enteramos a través de intentar construir este proyecto», confiesa. También surgieron vínculos con actores clave, como el nodo liderado por la Dra. Silvia Kochen en la Universidad Arturo Jauretche. «Esa gente elabora desde un abordaje más clínico, que es una pata totalmente ausente aquí. Venimos intentando pensar en eso, pero no tenemos las capacidades. Esta gente las tiene», reconoce con entusiasmo.
La expectativa: construir un trabajo en red perdurable
Más allá de los resultados concretos que se obtengan en el cultivo o las formulaciones, la máxima expectativa de Barreto reside en el capital humano y la red que pueda construirse. «Esto abre una proyección más que interesante. Es lo más importante», enfatiza. El investigador contempla dos escenarios posibles: «Puede suceder que nos juntemos a un proyecto y no le encontremos demasiado rumbo –cosa que no creo–, o que sea el inicio de una interrelación entre todos los actores que pueda generar una dinámica positiva. Esa es la expectativa mayor que tenemos».
El proyecto representa, en definitiva, un modelo de resiliencia en un sistema científico fracturado. Demuestra cómo la articulación provincial, con sus limitaciones presupuestarias, puede motorizar la investigación aplicada, fomentar la colaboración entre instituciones dispersas y mantener encendida la llama de la innovación en un área de frontera como lo es el cannabis terapéutico, mientras se espera que el Estado nacional recomponga su rol como promotor fundamental de la ciencia y la tecnología. (InfoNoticias)



