“Barreda”: una película que vuelve sobre un cuádruple femicidio y obliga a mirar a las víctimas

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La producción protagonizada por Luis Machín reconstruye el caso de Ricardo Barreda, pero también recupera aspectos de la vida de las cuatro mujeres asesinadas. Qué elementos tienen respaldo histórico y cuáles forman parte de la ficción.

El 15 de noviembre de 1992, Ricardo Barreda asesinó a su esposa, Gladys McDonald; a sus hijas, Cecilia y Adriana; y a su suegra, Elena Arreche, en la vivienda familiar de La Plata.

Más de tres décadas después, el caso vuelve a la pantalla con “Barreda”, la nueva producción de Prime Video protagonizada por Luis Machín y dirigida por Daniela Goggi. La película reconstruye el crimen, el juicio y distintos momentos de la vida familiar previa a los asesinatos.

Pero volver sobre esta historia también implica una pregunta necesaria: ¿qué lugar ocupan las cuatro mujeres asesinadas en un relato que durante años estuvo concentrado casi exclusivamente en la figura del femicida?

Del “caso Barreda” a las cuatro mujeres asesinadas

Durante años, el apellido Barreda quedó instalado en el imaginario social como sinónimo de uno de los crímenes más impactantes de la historia argentina reciente.

El odontólogo fue condenado por los asesinatos y, con el paso del tiempo, su figura adquirió una enorme presencia mediática. Las frases que pronunció durante el juicio, sus explicaciones sobre lo ocurrido y distintos aspectos de su personalidad ocuparon buena parte de las reconstrucciones periodísticas.

Mientras tanto, la historia de Gladys, Elena, Cecilia y Adriana quedó muchas veces relegada a un segundo plano.

La película intenta recuperar parte de esas vidas. Presenta a las hijas como mujeres jóvenes con proyectos, vínculos y expectativas para el futuro, y muestra los conflictos existentes dentro de la familia.

Algunos de esos elementos tienen respaldo en testimonios y documentos de la época, mientras que otros fueron reconstruidos dramáticamente para la ficción.

La violencia y los relatos construidos después del crimen

Uno de los aspectos más importantes de la producción es la representación de la relación entre Barreda y las mujeres de su familia.

La historia muestra situaciones de tensión y distintos conflictos familiares que permiten observar que el asesinato no puede analizarse únicamente como un hecho aislado ocurrido el 15 de noviembre de 1992.

También aparece Pirucha, interpretada por Paola Barrientos. Se trata de María de las Mercedes Guastavino, una vidente cercana a Barreda que declaró durante el juicio.

Según distintas reconstrucciones del caso, Pirucha alimentaba en Barreda determinadas creencias relacionadas con la magia negra y con la supuesta intención de las mujeres de su familia de hacerle daño.

Sin embargo, nunca se comprobó que la mujer hubiera instigado los asesinatos.

Su presencia en la película permite recuperar uno de los elementos que atravesaron el caso: la construcción de explicaciones que intentaban encontrar una justificación para la violencia ejercida por el femicida.

La escopeta y un elemento que sí ocurrió

La película muestra también la escopeta utilizada en los asesinatos.

Se trataba de una Víctor Sarasqueta calibre 16, un arma que, según el propio Barreda, había recibido como regalo de su suegra y que utilizaba para cazar.

Después del crimen, el arma fue arrojada en la zona de Punta Lara, en Ensenada, según su propio relato.

Este episodio forma parte de los elementos del caso que cuentan con respaldo en las declaraciones y reconstrucciones posteriores.

“Conchita”: una palabra que también construyó el relato

Otro de los elementos centrales de la película es el apodo “Conchita”.

Durante el juicio, Barreda sostuvo que las mujeres de su familia utilizaban esa palabra para humillarlo. Con el tiempo, el término quedó fuertemente asociado al caso y pasó a formar parte de la explicación pública sobre el supuesto maltrato que habría sufrido.

Pero no existe una prueba definitiva de que ese apodo haya sido utilizado por las mujeres.

Investigaciones periodísticas posteriores incluso plantearon la posibilidad de que Barreda hubiera construido ese relato para justificar los asesinatos y presentar a las víctimas como responsables de una situación de violencia que terminó con sus propias vidas.

La película retoma esa discusión y muestra cómo determinadas versiones pueden instalarse socialmente incluso cuando no existen pruebas concluyentes que las sostengan.

Qué es real y qué forma parte de la ficción

Como ocurre con toda producción audiovisual basada en hechos reales, “Barreda” combina acontecimientos documentados con escenas construidas para narrar la historia.

La existencia de las cuatro víctimas, el crimen, la utilización de la escopeta, la participación de Pirucha y distintos elementos del juicio forman parte de hechos históricos.

En cambio, las conversaciones privadas, determinados vínculos familiares, pensamientos de los personajes y algunas situaciones previas al crimen no pueden ser comprobados de manera documental y forman parte de la reconstrucción ficcional.

También la intención de vender la casa familiar y determinados diálogos entre los personajes son recursos narrativos sobre los que no existen registros suficientes para afirmar que ocurrieron exactamente de esa manera.

Una historia que también interpela al presente

Volver sobre el caso Barreda más de 30 años después no implica solamente reconstruir un crimen del pasado.

También permite preguntarse cómo se construyen socialmente los relatos alrededor de los femicidios, qué lugar se les da a las víctimas y cuánto espacio se dedica a explicar o comprender al agresor.

Durante décadas, buena parte de la atención pública estuvo puesta en Barreda: sus palabras, sus argumentos y su personalidad.

La mirada actual sobre las violencias por motivos de género permite incorporar otra perspectiva: las cuatro mujeres no fueron simplemente parte de “la historia de Barreda”. Fueron personas con nombres, vínculos, proyectos y vidas que terminaron asesinadas por un hombre.

Esa diferencia no es menor.

Porque cuando un femicidio se transforma en espectáculo, el riesgo es que el victimario termine ocupando nuevamente el centro del relato. Recuperar la historia de las víctimas es también una forma de disputar esa mirada.

Fuente: C5N, reconstrucciones periodísticas y registros históricos del caso.

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