La producción de cultivos en Argentina muestra avances productivos, shocks climáticos y cambios regulatorios a lo largo de las últimas décadas. Su evolución muestra la capacidad del sector para crecer, pero también las limitaciones para sostenerlo.

Por Bolsa de Comercio de Rosario
La producción de granos en Argentina cambió mucho en las últimas décadas. Hubo momentos de gran crecimiento, avances tecnológicos y mejoras en infraestructura, pero también etapas de estancamiento causadas por decisiones políticas, crisis económicas y eventos climáticos severos.
En los años ’90, el campo vivió un fuerte impulso. La eliminación de regulaciones, la apertura del comercio y la construcción de puertos privados —especialmente en la zona del Gran Rosario— hicieron que el sector creciera con rapidez. Al mismo tiempo, dos innovaciones transformaron la forma de producir: la siembra directa y los cultivos genéticamente modificados. Esto aumentó los rindes y permitió expandir la frontera agrícola. La soja se convirtió en la protagonista del agro argentino, duplicando su superficie sembrada en solo diez años y consolidando al país como un actor global.
Tras la crisis de 2001, el Gobierno volvió a intervenir fuertemente en el comercio agrícola. Se reimplantaron impuestos a las exportaciones, se aplicaron cupos y se controló más de cerca la operatoria del sector. Aun así, los precios internacionales de los granos subieron de manera histórica, lo que permitió que la producción siguiera creciendo a pesar de las trabas internas.
Pero en 2008 ocurrió un quiebre: la fallida Resolución 125, que buscó aumentar las retenciones, frenó la comercialización durante meses. A esto se sumó una dura sequía. Luego, entre 2012 y 2014, nuevas herramientas de control reforzaron la intervención estatal. Durante esos años, el crecimiento prácticamente se detuvo.

A partir de 2016, la reducción o eliminación de varios impuestos y restricciones volvió a darle aire al sector. En 2019, Argentina alcanzó su récord histórico de producción de granos.
Sin embargo, desde entonces, el panorama se complicó nuevamente. Tres años seguidos de sequía (2021-2023), sumados al impacto de la plaga de la “chicharrita” en el maíz tardío, provocaron fuertes caídas. La campaña 2023/24 permitió una recuperación parcial, pero sin volver a los niveles máximos. Y en la campaña siguiente, por temor a la plaga, muchos productores evitaron sembrar maíz tardío, lo que redujo la producción reciente.
En síntesis, desde 1990 la producción agropecuaria argentina vivió etapas de auge impulsadas por la desregulación, los altos precios internacionales, el boom de la soja y la modernización portuaria. Pero en los últimos años el crecimiento se frenó, afectado por el clima, las plagas y cambios en las reglas de juego. Aunque el campo mantiene una gran capacidad productiva, hace más de seis años que no logra superar su máximo histórico. (InfoNoticias)
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