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viernes 3 abril 2026

Debajo del mar: la historia de un submarinista en la Guerra de Malvinas

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El 1° de Mayo de 1982, en algún punto oscuro en la zona del Norte de Malvinas, Julio fue en busca de una taza de café luego de entregar la guardia a su compañero. Al tomar asiento, escuchó una explosión. Tenía 19 años, y todavía no era consciente que estaba en guerra.

Por Agencia Comunica / Unicen

Julio tenía quince años cuando ingresó a la Marina, fue en 1977 cuando se enlistó. Pasó por la escuela de mecánica, estuvo un año en Puerto Grano en un destructor, fue al conflicto de Chile y participó en él. Al tiempo, regresó a la escuela de mecánica y después ingresó a la escuela de submarino. Fue en ella cuando lo destinaron al submarino San Luis, que en 1982 zarparía hacia las Malvinas.

El 1° de Abril lo encontró la guardia. Un día común, parte de su rutina. Durmió unas horas. Se despertó por los ruidos que se escuchaban, y al llegar al lugar de donde provenían, sería una frase la que cambiaría su realidad por completo:

“Tomamos las Malvinas”, habían sido las palabras del momento. Por un lado, se había puesto contento porque se recuperaría el territorio, pero por el otro, se imaginaba que los ingleses no se quedarían con los brazos cruzados.

El submarino en el que se encontraba no estaba listo, ni estaba en las condiciones óptimas como para partir, “habíamos salido a hacer una prueba de cómo funcionaba y ahí se encontraron muchas cosas que no andaban bien”, explica el ex combatiente. A pesar de ello, en pocos días fue puesto en funcionamiento y el 11 de abril zarpó hacia el sur. Antes de partir, recibieron la extremaunción, un sacramento donde el sacerdote unge a la gente con un óleo sagrado.

Durante 38 días, la tripulación permaneció en operación en el Atlántico Sur. La vida a bordo estaba marcada por una rutina: “el humano hace lo que tiene que hacer, la guardia, duerme, come y no hay mucho que pensar, es casi en automático”, describe Julio. Estando bajo el mar, las operaciones dependían exclusivamente del sonido.

Fue el 1° de mayo cuando la realidad dio un giro de 180° dentro del submarino. Una explosión alertó a toda la tripulación y fueron los primeros bombardeos británicos, lo que produjo un click en la fuerza submarina, “hasta ahí todo era algo medio irreal, seguíamos las órdenes, no estábamos digiriendo lo que estaba pasando. Ninguno tenía experiencia de nada”, recuerda.

Ese mismo día, lanzaron un torpedo de combate por primera vez. El recuerdo prima en su mente, porque “cuando estábamos frente a Comodoro, se nos rompió la computadora. Nos habíamos quedado sin sistema de tiro” y por eso tuvieron que realizar los cálculos de manera manual, cómo si estuvieran en la Segunda Guerra Mundial.

Aun así, el lanzamiento no salió como esperaban, “el torpedo en vez de hacer lo que tenía que hacer, se tragó el blanco, lo chocó” explicó Díaz. En Argentina nunca antes se había tirado un torpedo de combate sino torpedos de ejercicio porque lanzar uno de ellos en esa época valía 6 millones de dólares.

Los ingleses reaccionaron de manera inmediata, sin pensarlo. El submarino británico partió, escapando, y como respuesta, mandaron a los helicópteros a perseguir al barco Argentino. “No hay nada peor para un submarino que un helicóptero, nos fueron a cazar”, relata. Para la tarde, uno de los helicópteros los interceptó con un torpedo antisubmarino y allí fue cuando comenzó la intensa persecución.

La historia no tuvo un fin en ese momento, Julio cuenta que les tiraron con todo, que pudieron hacer maniobras evasivas y que habían logrado escapar de las fuerzas inglesas: “nos tiraron hasta con las medias porque querían hacernos pedazos, pero alcanzamos a zafar de la situación”.

Los argentinos quedaron refugiados en el fondo del mar por más de 72 horas. Quietos, sin hacer ni un movimiento en falso. Cuando podían, subían a marea alta, para recargar energías. Esto se había convertido en una rutina cíclica, que parecía no tener un final. Así fue hasta el 12 de mayo, que lanzaron tres torpedos y lograron salir de la zona de peligro, “no nos quedamos a ver a quién le habíamos pegado, porque era imposible. Así que salimos de la zona por las dudas que hubiera una respuesta de parte de lo que suponíamos que podía ser, no teníamos experiencia de nada”, reitera.

El regreso a nuestra tierra: una guerra que no permanecerá en el olvido

A pesar de la falta de experiencia en combate, Julio resalta que “siempre hay miedo, porque salvo un loco puede no tener miedo pero ahí no sirve de nada entrar en pánico”. Con miedo, con nerviosismo, pero la cabeza centrada en el conflicto. Miles de emociones que los desbordaron esos 38 días.

El regreso al país, sin embargo, fue difícil. “Fue desastroso, no le importamos a nadie, no tuvimos ningún tipo de apoyo moral o psicológico. Nos desplazaron en distintos destinos, en definitiva, nos habían embarcado a todos los locos, cómo nos decían, en un submarino”, sostiene. No solo no recibieron una contención ni reconocimiento por parte del Estado, sino que también “nos ordenaron que nos calláramos la boca”.

Tras dejar la marina en 1986, Julio atravesó por distintos trabajos, aprendiendo diversos oficios, a pesar de que muchos lugares le habían cerrado las puertas por haber estado en la guerra de las Malvinas. Aunque con los años encontró un espacio en la institución policial, donde se sintió cómodo; “entré en la policía y me quedé 25 años hasta que me jubilé”.

Fue allí donde pudo completar sus estudios y formarse como maestro mayor de obras, profesión en la que aún trabaja. A sus 65 años, reside en Tandil, está jubilado y dedica su tiempo a su familia.

Cada 1° de mayo se reúne con sus compañeros de combate para reencontrarse, para recordar aquellos días, para no olvidar lo que pasó en 1982, “Somos una hermandad, es algo que mucha gente no podría entender, pero somos más que familia”.

En esos encuentros no hay jerarquías, ni rangos: hay una hermandad forjada por el miedo, la supervivencia y el encierro. Una experiencia, que Julio asegura, que solo pueden entender aquellos que la vivenciaron.

A 44 años de la Guerra de las Malvinas, la memoria sigue siendo un ejercicio colectivo y necesario. Es preciso recordar para no solo volver al pasado, sino para sostener en el presente a quienes estuvieron, a quienes no volvieron y a quienes aún cargan con las huellas de la guerra.

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